el supermercado

Estoy plantado en el pasillo de cereales hace cinco minutos, incapaz de elegir. Frente a cajas de todo tipo, tengo vertigo. Siento que se yerguen como las ventanas de un edificio gigante que se acurruca hasta tragarme. Nunca he pedido tanta oferta. En el pasillo, la combinación de colores vivos, la iluminación comercial y los numerosos carteles de « oferta » me provocan una arcada. Grita muy fuerte, es agresivo por todos lados; una nube de flechas en mi dirección. Una caja en cada mano, casi llorando, sin poder escoger entre los precios bajos y mis verdaderas ganas. Odio estar aquí.

Una mujer pasa enfrente de mí. Me lanza una mirada desinteresada, trato de contestarle de la misma manera. Aún así la saludo. Su brazo pasa muy cerca de mi cara para alcanzar la caja de cereal que está en oferta. Sigue su camino con paso firme.

Mi teléfono vibra, alguien me está llamando. Regreso a mi dilema.

Extraño el tiempo cuando mis padres se encargaban de todo, podía ahorrarme esas visitas constantes al supermercado. Planear lo que voy a comer me horroriza. Si no lo hago, ir al restaurante me deja en la ruina. La comida es una carga pesada. Pierdo tanto tiempo en preparar un plato que trago en diez minutos; todo ese tiempo lo invertiría en algo más útil. Odio tanto estar aquí.

El director aparece en el extremo del pasillo, se acerca y parece querer hablarme. Quito un audífono de mi oreja, de mala gana porque me gustaba mucho la canción.

Mi teléfono vibra otra vez.

– ¿Le puedo ayudar, mi estimado?

Está siendo muy amable aunque me mira demasiado.

– No gracias, todo bajo control.

Me observa de la cabeza a los pies. Me incomoda. Su mirada expresiva, su grande sonrisa y sus zapatos lustrados de caporal. Le encuentro cierta elegancia. No podría tener esa aparencia relajada e imponer respeto al mismo tiempo. Intento imitarlo. No funciona.

– Perfecto, pase un excelente día mi estimado.

Le agradezco con una sonrisa. Cuando se va, volteo para observarlo alejarse. Sigo sintiendo su presencia, su mirada como una mancha sobre mi abrigo. Hace calor. Otra vez el vertigo. Quiero irme, puedo regresar otro día. Spotify me obliga a escuchar una canción triste. Pienso tomar mi teléfono y cambiarla. No lo hago.

Me dirijo instintivamente hacia las cajas para pagar, insatisfecho. En una pancarta publicitaria, una niña con bigotes de leche tiene su mirada fija en mí. Su  mano derecha me ofrece un vasito de leche. Sus ojos son como dos canicas negras, cada vez hace más calor. Bajo la mirada y sigo caminando.

Las luces encendidas me indican que tres cajas están abiertas, y todas están disponibles. Elijo una al azar y acomodo los artículos en la caja, la cajera no está. Mientras espero a que me atiendan, vacío practicamente todo mi carrito con despensa. A lo lejos, veo una empleada mirándome. Apunta hacia la luz de la caja donde estoy, está apagada.

Mi teléfono vibra. No me importa. Quiero salir.

Regreso todos mis artículos al carrito. Cuando me cambio, me doy cuenta de que hay dos filas gigantescas en las otras cajas disponibles. Me da pena, todos me están mirando. Tengo muchísimo calor. Me integro a la fila. Siento que ya no quiero estos cereales. Hay mucha gente delante de mí. Tengo tiempo de ir por otros. La caja bajo el brazo, dejo la fila. Otra vez me siento observado. Me ametrallan la espalda. Se me va el aliento. Anuncio « caution wet floor ». Resbalo. Se aplasta la caja y se abre. Constalaciones en el piso. Cuatro empleados me rodean. El director me ordena contestarle. Me grita está bien mi estimado. Sí mi estimado. Mi teléfono vibra. Mi cabeza da vueltas. El vaso de leche. Olvidé la leche. Gigantes olas blancas me acurrucan. La canción se acaba. Nada.

Quebexicano


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