cruzar la línea

Habíamos cruzado el límite, y cometido el peor crimen. Era antes de que cayera la noche, cuando la tarde agonisa. Mamá me apretaba el brazo con tanta fuerza que no dudaba que la situación era grave.

No era ni tarde ni noche.

La grieta en la valla era como una boca gigante que nos aspiraba. Era difícil distinguirla bien, tenía la impresión de que nos estábamos dirigiendo hacia un abismo.

Cuando nos tragó, la oscuridad se volvió opaca.

Veía sombras moviéndose. Habíamos cruzado la frontera.

Corríamos, es lo que mamá repetía que hicieramos. La oscuridad la había transformado poco a poco en una masa indistinta, era igualita a todas las demás que se movían en la casi noche. La mano que me apretaba el brazo había tranquilamente desaparecido. Mamá ya no estaba.

Luego me tomaron el brazo izquierdo. Una mano más firme que la de mamá, y mas fría. Una silueta tallada por la penumbra. Me apretaba con tanta fuerza que creí que iba a arrancarme el brazo.

Ruido seco, grité de dolor. Lloraba. Dolía terriblemente.

Palabras salían de la oscuridad, no eran las mías. No podía correr como mamá decía que  lo hiciera. Me detenían esas palabras extranjeras. Esas palabras hablaban fuerte y de manera severa.

No era mi idioma, ni el del otro.

Me encerraron en una prisión en la frontera. Me separaron de mi mamá, como lo hicieron con todos aquellos que lloraban conmigo. Una luz intensa nos impedía cerrar los ojos. Estabamos muy cansados. Nuestras quejas molestaban a una voz que nos gritaba que nos callaramos.

Mi brazo estaba inflamado, a nadie le importaba. El dolor era insoportable. Uno de los prisioneros dibujaba sobre las paredes con una piedra. No comprendía nada, pero el ejercicio me había hecho olvidar el dolor por un momento. Esos dibujos me eran familiares, como la canción de cuna que me cantaba mi mamá antes de dormir.

No estábamos en nuestro país, ni en el suyo.

Después de unos días de orinar en un rincón de la jaula bajo una luz agresiva, un hombre apareció. Sus palabras extranjeras y su voz grave resonaron en todo el lugar y la puerta se abrió.

A pesar de mi libertad, seguía pensando en los dibujos de las paredes.

Mamá apareció, el paisaje también. Me regresaron a casa. Todo estaba muy claro, reconocía ese árbol y esa casa.

Y esa pared, con sus rasgos muy distinguidos, me recordaba que algunos límites permanecen sin poder cruzarse.

Quebexicano


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