el otro George Floyd (o el privilegio blanco)

La historia que estoy a punto de compartirles es el testimonio de una injusticia. Me acusaron equivocadamente, nunca tuve malas intenciones.

Pagué, sin saberlo, con un billete falso de veinte dólares.

Esa situación, la hubiera podido vivir calquier persona porque nadie tiene la costumbre de verificar si los billetes que nos entrega el cajero del Oxxo son verdaderos. Pues, los míos eran falsos.

Ayer fui a comprar pan al super con billetes falsos en mi bolsillo. Al momento de salir de la tienda, el cajero gritó en mi dirección señor este es un billete falso.

Sentí mi cara muy caliente. Tenía un nudo en la garganta. El aliento cortado.

 Pagué, sin saberlo, con un billete falso de veinte dólares.

Qué vergüenza. Todas las miradas volteraon hacia mí. Vi mi reflejo en el plexiglás suspendido frente al cajero. Estaba muy blanco, más de lo normal. A punto de desmayarme. Es imposible. El director de la tienda se percató del altercado y se acercó a mí.

Los murmullos interrumpian el silencio. ¿Qué pasa?

Trataba de hablar, el nudo me lo impedía, el aliento se me fue. ¡Señor, conteste!

Grababan la escena en caso de que algún error de mi parte se volviera viral. La ansiedad me cerraba la garganta, no respiraba : me desmayé.

Cuando desperté, dos policías me miraban. De repente me sentía menos tenso.

Conteste señor.

Alejado de las miradas, me sentía un poco mejor. Pude arreglarme con ellos. Comprendieron mi situación inmediatamente usted poseía un billete falso de veinte dólares.

Luego me informaron que ese tipo de problema pasaba a menudo, que no era el primero. De hecho había un recrudecimiento de número de billetes falsos en el barrio. Les expliqué que no me había gustado para nada la manera en que me acusaron, quería poner una queja.

Despidieron al cajero, eso era suficiente para mí.

Pagué, sin saberlo, con un billete falso de veinte dólares.

Cuando los policías se fueron, me quedé en la oficina del director unos minutos. Estaba completamente vacío. Las piernas débiles.

Saliendo de la tienda, tomé una gran bocanada de aire, por fin.

Aliviado de que la situación se había arreglado, pero enojado porque me habían humillado en público, pensé que no hubiera podido ser peor.

Quebexicano


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